Laicismo y Liberalismo

El concepto del laico como un “hombre del pueblo” o alguien que no tiene compromisos religiosos ni domicilio en orden religiosa ninguna, surge en el seno de la Europa ilustrada que tras siglos de tutela eclesiástica intenta encontrar independencia y libertad de pensamiento. La conjugación más sistémica de la palabra laico, el laicismo, define pues al pensamiento o filosofía que se organiza aconfesionalmente, independiente de toda confesión religiosa.

Una mezcla de eventos históricos terminó por confirmar el triunfo del laicismo en Europa y el fin de la tuición religiosa. Entre otros, las guerras religiosas del siglo XVI que enfrentaron a las nuevas iglesias protestantes en contra del viejo poder católico; el afianzamiento del capitalismo financiero europeo que tras el rechazo continuo de la Iglesia Católica, encontró refugio en las pujantes burguesías del norte europeo que separaron drásticamente moral y utilidades; el surgimiento del pensamiento ilustrado, que profundizó la idea de Guillermo de Ockham acerca de la separación de fe y razón;  y el éxito de las nuevas teorías políticas liberales contractualistas de Hobbes, Locke, Rousseau y Montesquieu que derrumbaron las ideas del “poder regio” investido por Dios sustentadas por Bossuet.

En el conjunto de ideas y principios que alentaron desde temprano al laicismo, estuvieron el fin de la tutela de cualquier credo religioso sobre la vida pública y privada, el respeto de los Derechos Humanos y la tolerancia religiosa. Con el tiempo, los contractualistas liberales comprendieron que un único garante de tales principios era el Estado a quien se le entregaron los poderes de coacción para resguardar los máximos grados de libertad a que se pudieran aspirar en la vida social organizada. La distancia permanente, la tensión evidente entre lo que Hegel llamó la “sociedad civil” y la “sociedad política” estaría resguardada por la Constitución Política, soporte y garante del pacto social.

Mientras que el fundamentalismo es la intransigente exigencia de sometimiento a un credo, el laicismo es el llamado racional a la tolerancia; mientras que el ateísmo es la negación rotunda de la creencia en cualquier forma de ser superior espiritual, el laicismo representa la búsqueda paciente y tolerante de las respuestas a las preguntas metafísicas eternas. No es posible pues confundir el laicismo con el relativismo moral posmoderno, en el que la única verdad gira en torno a mí, porque el laicismo es precisamente un principio moral sólido que se inicia en el reconocimiento de la otredad de la verdad.

Existe por lo tanto en el anhelo de la laicidad un principio liberal del que es tributario, enunciado por John Stuart Mill en 1859 en su libro “Sobre la Libertad”, Ese principio supone que ningún individuo debe explicaciones por sus actos a la sociedad en tanto ellos no causen daños a terceros, pero incluso si sus actos causaren daño o se sospechare el daño a terceros, la sociedad no está “per se” autorizada a conculcar o restringir tales actos.

Stuart Mill supone pues el rechazo de toda tutela ideológica, religiosa, e incluso moral y aun coercitiva de la sociedad sobre los actos de los individuos que la componen. Al igual que el principio masónico, el padre del liberalismo político moderno otorga plena libertad a los individuos, afirmando que su único límite es la libertad de los demás individuos que conforman la sociedad, asumiendo así que la mayoría de edad supone una emancipación moral de toda tutela.

No puede haber por tanto un grupo político, religioso o de clase, que ostente una verdad o una revelación que justifique de modo alguno por sí y ante sí una superioridad de clase alguna que justifique coerción de especie ninguna. El principio del laicismo, al igual que las ideas del padre del liberalismo, asume la prexistencia de una libertad positiva propia y connatural al sujeto.

La suposición de una libertad ontológicamente definida no ya desde sus límites sino desde sus posibilidades, presupone que el centro de toda decisión es el individuo y que su dotación racional y su mayoría de  edad, le permiten definir en un tiempo y lugar la expresión de tales posibilidades en sus actos.

No hay pues bien más preciado en los principios del laicismo que la libertad humana y del mismo modo, no hay tampoco un mecanismo más virtuoso para su resguardo que la tolerancia. Libertad y tolerancia son dos anhelos profundamente masónicos expresados progresivamente en la “Constitución del Gran Oriente Latinoamericano:”

Esos principios alentaron en los albores de la República las Leyes Laicas, que otorgaron al Estado –aún no separado de la Iglesia- un carácter de garante igualitario de la Existencia, el Matrimonio, y la Muerte, permitiendo la expresión más real de la diversidad. Las leyes laicas, causaron en su momento que los guardianes de la moral advirtieran acerca de la debacle moral de la que Chile sería preso. Del mismo modo nos advirtieron cuando tras un notable y sufrido parto, vimos nacer la primera ley de divorcio en Chile.

Desde los tiempos de John Locke, el Estado se teorizó como el único garante de la libertad en tanto el pacto social que le daba existencia lo hacía con el objeto de asegurar nuestras libertades y nuestra seguridad aun cuando la propia existencia del Estado supusiera la renuncia de parte de mi propia libertad y autonomía. Le entregamos desde esa comprensión -cada día más universalmente aceptada- un poder de coerción y le dimos al mismo tiempo una contraparte de límites y garantías expresadas en la Carta Constitucional –soporte del Pacto Social- para asegurarnos que el Estado no conculcara finalmente aquello que debería resguardar.

Y así lo hizo el estado de Chile, aunque con breves pero sanguinarios paréntesis, asumiendo que una tarea tal, sólo podía asegurarse a través de una Carta Constitucional garantista e inclusiva y una Educación Pública y de calidad. Hoy, el pacto social que dio vida al Estado laico de 1925 y que sufrió modificaciones progresivas e inclusivas hasta 1973 para luego remendarse en varias reformas fallidas a la Constitución pinochetista, ya no resulta ni inclusivo ni progresista y mucho menos laico. El propio Estado se desmantela, se desentiende y subsidia su rol a grupos privados cuya carga moral se impone como si fuera superior a otros y tuviera derecho natural para conculcar a imponer determinados actos y valoraciones al resto de la sociedad.

En un acto de constricción y de contracción sobre sí mismo, el Estado, antes garante de las libertades morales, religiosas, sociales, culturales y políticas, se ha autoimpuesto la tarea de desmantelar la laicidad como elemento basal del pacto que lo vio nacer. La rigidez y pesadumbre de una ideología que no tarda en autoproclamarse liberal, pero que esconde un manto de profundo conservadurismo religioso, copa los espacios públicos donde antes hubo libertad de conciencia.

Le toca a la masonería chilena convertirse en un actor más público, más potente a la hora de disputar el discurso público, tal y como lo fuera en los albores del siglo XX o en las luchas por las libertades civiles en la segunda mitad del siglo XIX. No será una tarea fácil devolverle al país los fundamentos liberales del Estado Laico porque supone el desmantelamiento de un discurso ético y hasta estético, pero en el amplio horizonte de las circunstancias y actores políticos actuales, sólo la masonería puede mostrar con hechos su entendimiento profundo del principio del laicismo, encarnado en su saga de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Santiago, diciembre 2012

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