L a F r a t e r n i d a d

Venerable Maestra, Queridos Hermanos y Hermanas en sus grados y calidades,

Conforme al Diccionario de la Real Academia Española, la palabra Fraternidad proviene del latín Fraternitas y significa “…Amistad o afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales…” (RAE, 2010)

En el libro de Aristóteles, Ética a Nicómaco (también traducido como Moral a Nicómaco), su autor señala que “Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones morales, tienen al parecer siempre por mira algún bien que deseamos conseguir.” (Aristóteles, 2011) Dicho de otro modo, todas las acciones del hombre aspiran al bien, que en la concepción aristotélica es la felicidad. Aristóteles vivió entre los años 384 y 322 antes de Cristo y escribió en la época de decadencia de la magnífica Grecia.

Thomas Hobbes vivió también en una época de derrumbes, la revolución de Cromwell que terminó con la decapitación de Carlos I en 1649, ciento cuarenta y nueve años antes de que la Revolución Francesa decapitara a Luis XVI. En su libro El Leviatán, Hobbes declara que el hombre sólo se mueve por sus pasiones y que más a menudo de lo que uno cree, su naturaleza egoísta lo lleva a un estado natural de guerra contra los demás hombres (Hobbes, 1999) La interpretación más popular de esa filosofía se encuentra en la frase “el hombre es el lobo del hombre”

Lo curioso es que de ambas fuentes puede desprenderse que La Fraternidad es un valor ético, como la libertad, como la verdad, como la justicia. Sólo que de variada interpretación

El problema es que los valores son entidades complejas, cuya existencia es difícil de explicar. Desde luego nadie se ha tropezado nunca con un valor, ni ha tenido que devolverle a nadie alguno que hubiere perdido antes. No se pueden intercambiar ni se pueden atesorar. Y al igual que las entidades que llamamos “derechos”, la mayor parte del tiempo parecen tomar existencia sólo cuando son violados.

Los valores son lo que llamamos “entidades abstractas” cuya existencia pertenece al reino de la subjetividad. Esto significa para fines prácticos que habremos de encontrar entre nosotros, hermanos y hermanas francmasones, varias convicciones todas distintas, acerca de lo que los valores son.

Así por ejemplo, habrá entre nosotros quienes crean que los valores existen porque son portados por las personas. Nuestros hermanos que así lo crean, nos asegurarán con total convicción que son las personas las que dan valor a los sentimientos, a las acciones, a las obras, y que los grupos sociales construyen valores comunes. La filosofía lo llama, el “Subjetivismo Axiológico”.

Habrá otros y otras entre nosotros, que consideren que los valores existen “ex ante”, apriorísticamente, y que la verdad, la justicia, la fraternidad existen incluso si no hubiere nadie que los “porte”. Esta concepción se construye a menudo desde la premisa de que es necesaria su existencia para construir un orden moral estable. Es lo que la filosofía llama “el “Objetivismo Axiológico”.

Hasta aquí, e independientemente de donde nos situemos, concordaremos con que un valor es aquello que en una definición simple y operativa, nos conduce al bien.

El problema con la Fraternitad, es el mismo problema que tiene la belleza, o la verdad, o incluso la justicia. Permítanme explicarme a través de algunas preguntas. ¿Por qué las mujeres robustas no usan bikinis para vender autos Audi y sí lo hacen las mujeres muy delgadas casi anoréxicas? ¿Por qué creen que los modelos de ropa masculina son siempre esbeltos y jóvenes?

Entonces parece que el valor de la Fraternidad, así como el de la Justicia o la belleza o el valor de la vida, tienen expresiones históricas. ¿De qué otro modo podría yo explicar la abismal diferencia entre Hobbes y Aristóteles? ¿Cómo podría sino entender las palabras de Platón para referirse a la mujer como un ser libre dotado de la inteligencia de un niño de catorce años?

La Fraternidad, no tiene pues una única acepción en tanto valor. Ni siquiera la tiene en tanto palabra. La Fraternidad tiene axiológicamente hablando, un valor en el espacio sacramental del templo y otro en el espacio profano. Y convengamos que no siempre –y hablo en primera persona- soy el primero en “portar” fielmente la diferencia.

En el mundo profano, el mercado es el único y excluyente lugar de existencia y sentido para el ser humano. Las relaciones sociales se construyen axiológicamente vacías de contenido. Es decir, el mercado no  tiene valores, ni siquiera antivalores, porque ellos no tienen más valor que su peso en oro; concluyentemente, a la vacuidad axiológica le sigue consecuentemente la fetichización de todo cuanto no le pertenece al mercado por naturaleza. Por eso es que las empresas de la caridad son tan exitosas, porque se han vuelto una industria axiológica de la Fraternidad.

En el mundo profano, la razón burguesa ha interpretado y transformado al mundo axiológicamente, y es por ello que un sentido ilusorio de libertad e independencia es medido en moneda corriente, trascendiendo el valor de la mercancía su función puramente económica.

En el mundo de la masonería, poblado de símbolos –que bien nos recordaba el Q:.H:.Rolando, tienen un contenido y un continente a descubrir en la vida misma- la fraternidad parece tener otro valor. Desde luego, “despojado de sus metales” todo francmasón iniciado está desprovisto de la razón que antes le impuso un sentido fetiche al valor; desprovisto de sus metales se impone un sentido igualitario que da vida y realidad a la concepción progresista de nuestra hermandad. Está por cierto nuestra declaración explícita de respeto a los Derechos Humanos y nuestra triple batería, un llamado elemental a la solidaridad y al re encuentro de los hombres y mujeres de bien.

La Fraternidad está también en nuestra cadena de unión, que es justa y perfecta, que da y recibe al mismo tiempo. La Fraternidad se expresa en tanto valor supremo en el gesto de nuestra Hermana Hospitalaria, que tras recoger el tronco de la viuda dispone de él con para hacer valer el “Jesed” o gracia con la que el corazón de la Logia queda disponible para cubrir a los Hermanos necesitados. El valor de la Fraternidad se convierte en su acción en un hecho natural de la vida masónica. Ni que decir de la fraternidad de la crítica justa y recta que permite el mandil del masón.

La vida del masón parece pues más un método que un catecismo, una forma de vida, más que un recetario, un diálogo permanente con uno mismo más que un pontificado. Sus valores, expresados en sus herramientas más importantes, el modo de vivirla.

Pido disculpas públicas si alguna vez falté al valor de la Fraternidad para con mis Hermanos  o Hermanas porque en ello me aparté de la vía que yo mismo me he impuesto; pido disculpas por no haber impuesto un límite entre el mundo que debo colonizar y el mundo real de la masonería. Pido públicamente disculpas.

Es mi palabra V:.M:.

Santiago, diciembre de 2013 e.v.

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