Las Opiniones de un Masón, límites y libertades. (1)

cropped-Calot-tailleurs-de-pierreA menudo me pregunto hasta dónde pueden llegar las opiniones de un masón en formación. Desde luego no es una materia en la que el dogma o doctrina alguna pudiera imponerse a nadie, masón o no masón. Pero es una pregunta importante para el universo discursivo masónico. ¿Hasta dónde llega la prudencia y se convierte en cobardía? ¿cuándo el arrojo se convierte en extravagancia? ¿son todas las opiniones siempre válidas en la masonería? ¿cómo se autoimpone la virtud de la sensatez sin convertirla en autocensura? ¿cuándo la crítica fraterna se torna agresividad? Y sobre todo, ¿hay temas de los que resulte más provechoso alejarse en el ejercicio de la masonería?.

Muchos hermanos y hermanas piensan de buena fe que la política contingente por ejemplo, es un tema del cuál es mejor poner distancia, porque invita a la exhumasión de las pasiones, de la irracionalidad. Otros creen -con justa o injusta razón- que la contingencia en todas sus dimensiones debiera quedar excluida de las conversaciones masónicas en el templo o en el ágape. He visto Hermanos muy queridos salir a “cerrar el paso” de algunas voces que hablaban con un cierto arrojo sobre temas en los que la Logia no tenía una opinión bien formada o bien existían diversidad de opiniones, muchas de ellas encontradas. El temor de fraccionar las Logias, de enajenar la voluntad fraternal que se vive dentro de ellas, el rechazo de abanderizarnos ha sido siempre visto en muchas de nuestras Logias como un “modus vivendi” que se instala como garantía de unidad. Yo en cambio, tengo la sensación de que la clausura de ciertos temas en el Templo -y no hablo de aquellos que corresponden por su excelencia esotérica a los mayores grados sino de aquellos que provienen muchas veces de la contingencia en sus diversas dimensiones- sólo construye un silencio fariseico, que en nada ayuda a formar a los masones en cuestión.

Si hay alguien leyendo allí, considerará que la existencia de algunas reglas o principios generales que se encuentren al pie de nuestra propia orden debieran orientar las decisiones que sobre las preguntas iniciales de este ensayo me hago a mí mismo. Desde luego hay principios rectores de los cuáles ya incluso he escrito en este sitio. Está por ejemplo el principio más básico del cuidadoso uso del mandil en cualquiera de sus grados, que nos cuida de las esquirlas de nuestros propios trabajos invitándonos por cierto a un ejercicio de humildad intelectual, pero también nos protege para recibir y realizar críticas fraternas en el interior del Templo; por cierto se cuenta evidentemente el principio rector de nuestro trabajo en la tríada “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, su contenido es tan poderoso como explícito. La simbología de las herramientas del masón siempre duales queriendo invitarnos a transitar entre el deseo y el deber, la ira y la contemplación, en fin entre los polos humanos que construyen el movimiento y en el que la justa razón debiese dominar. La forma en que la luz diáfana entra y se mueve por el Templo para no herir la vista de sus iniciados, en fin, la propia simbología del Templo -cualquiera fuera la obediencia- debiera orientar a un Masón en formación acerca de los límites de los que hablo.

Y más allá, ¿no hay criterios de justa razón que iluminen el pensamiento?

Desde luego la Masonería especulativa surge, es parida, en pleno Siglo de las Luces con la misma diáfana tarea que sus creadores otorgaron a la Razón: liberar al hombre del dolor y construir qua ratio, el mundo perfecto. La razón, inspiradora del Siglo de las Luces, inundó desde un principio los Templos de la Masonería Inglesa y luego Francesa para inspirar los más nobles ideales de Libertad Fraternidad e Igualdad. Pero la verdad es que en nombre de la Razón misma y del futuro mundo que ella construiría, se cometieron los más brutales actos criminales: campos de exterminio, guerras interminables, gulags y persecusión a minorías étnicas y raciales, construcción de armas de destrucción masiva, y un largo y penoso etcétera.

La Razón, diosa de la Humanidad desde el Siglo XVIII comenzó a ser vista más universalmente de manera crítica tras los movimientos irracionalistas de principios del Siglo XX. Freud, Nietzche, Jung, representan los nombres más conocidos que luego tendrían su eco más estruendoso en la “nueva física” del indeterminismo de Planck, Schrödinger, Heisemberg, Dirac y compañía. “La Razón” entra en un estado de quiebre epistemológico a partir de allí y el relativismo y la ausencia de certidumbres comienzan a atravezar desde la vereda de la física, a otras ciencias y argumentos discursivos.

La Razón ha sido con mucho, al menos en la experiencia discursiva del racionalismo cartesiano, la más afectada de las formas del pensamiento en los últimos cincuenta años. Si usted revisa desde dónde nacen, discursivamente hablando, las más potentes voces de interpretación del mundo, verá que en ellas hay un desapego y un menosprecio epistemológico muy sentido al discurso cartesiano: Weber, Varela y Moraga, Habermass, Heargreaves, Klein, Sartre, en fin la lista es larga, interminable se diría.

El “objeto” dejó de concebirse separado del “sujeto” que lo investigaba como garantía única de la verdad y el deseo de comprender el Universo como un campo de certidumbres que se movía entre dos coordenadas inmóviles una ilusión; la permanente y casi eterna tradición cuantitativa que tanto defendieron hombres como Comte, dio paso a un continente cualitativo en el que la investigación se supone y se desea situada valórica, política y hasta éticamente. Los avances en materia del descubrimiento del mundo de las partículas, dieron a la Razón Instrumental Cartesiana un aviso de expiración sino directamente de caducidad. El mundo ya no es tan predecible, ya no es tan ordenado y más bien parece jugar -a contrapelo de Einstein- a los dados permanentemente.

Hasta aquí, los principios del racionalismo no lograron mantenerse del todo intactos, porque los avances de sus detractores refugiados en las teorías críticas, fueron sorprendentes y las pruebas funestas de sus frutos al menos en el siglo XX tan sólidos como terroríficos.

Hasta aquí entonces, la férrea formación masónica en los principios racionales también debió acudir al remozo de los nuevos aires, quedando al descubierto una cierta horfandad en los límites de la discusión. Es probable que ello quitara cierta fuerza “revolucionaria”, “iconoclástica” incluso a una orden que de suyo lo había sido y promovido desde sus incios. El revisionismo del racionalismo más abyecto, hizo temblar a la Orden sacudiendo parte importante de sus creencias y sus prácticas. El refugio -me parece observar al menos- en la ortodoxia y el silenciamiento de las diferencias fue el resultado de la catástrofe epistemológica de la que hablo. Si la “Razón” ya no resulta ser el espejo de agua que refleja al mundo ordenado y cognoscible, entonces habrá que hacer frente al eco del caos y la incertidumbre de algún modo que no lesione y mucho menos fraccione a la Orden.

¿Y si por un momento volviésemos la mirada revisionista al origen? ¿Quién estaría esperando ser redescubierto en vistas de devolverle a la Orden su tono rebelde, al mismo tiempo que fraterno? ¿Podríamos rescatarlo del olvido?

Con toda seguridad hay una lista larga que usted ya tiene en su cabeza, empezando por el mismísimo vetusto y descascarado Descartes. Pero permítame por un segundo sugerir a uno que estuvo desde el comienzo involucrado en los origenes: Kant. Sí, el mismísimo Immanuel (1724 – 1804), quien busca en la existencia de una ley general, el principio que permitiría a los hombres el ejercicio práctico de la libertad. ¿Dónde? Ciertamente a lo largo de sus más notables obras, pero más específicamente en “Metafísica de las Costumbres” publicada en 1785, cuatro años después de la publicación de su críptico texto “Crítica de la Razón Pura”.

Kant nos propone algunas reglas en el pensar moral antes de abordar estrictamente el tema de los límites y la moral basada en una filosofía del derecho:

Primero, que todo conocimiento racional, o es material y considera algún objeto, o es formal y se ocupa tan sólo de la forma del entendimiento y de la razón misma, y de las reglas universales del pensar en general, sin distinción de objetos;

Segundo, que la filosofía de lo material concerniente a los asuntos de la libertad, se denominan “ética”, a la que también llamará “teoría de las costumbres”;

Tercero, pertenece al ámbito de una metafísica de las costumbres puramente racional, la pregunta por las cuestiones morales como un asomo apriorístico y por tanto exento de la experiencia.

Cuarto, parece a Kant de la “más urgente necesidad el elaborar una filosofía moral pura, que esté enteramente limpia de todo cuanto pueda ser empírico”. En lo que no habiendo referencia a dato empírico alguno que la justifique la hace entonces una filosofía moral pura, pues si hubiese una regla universal que hiciera relación con un dato emprírico ello sólo podría denominarse “regla práctica” más no na ley moral.

Quinto, las reglas de la filosofía moral pura, dan al hombre en tanto ser racional “leyes apriori”

Sexto, es el “Juicio bien templado” (la facultad de juzgar) el que permite al hombre distinguir su aplicación y casos, pues su racionalidad no siempre es acompañada de su voluntad de concretizar la razón pura.

Séptimo, “lo que debe ser moralmente bueno no basta que sea conforme a la ley moral, sino que tiene que suceder por la ley moral” porque como se ha declarado antes, no es la experiencia lo que hace a la moral sino su carácter aprioristico.

Octavo, nada en el mundo o fuera de él puede ser considerado bueno sin restricciones excepto la buena voluntad (entendida como la apetencia de la razón más de los sentidos) que dirige el influjo de la felicidad hacia un fin universal. “La buena voluntad no es buena por lo que efectúeo realice ni por su aptitud para alcanzar algún determinado fin propuesto previamente, sino que sólo es buena por el querer, es decir, en sí misma, y considerada por sí misma es, sin comparación, muchísimo más valiosa que todo lo que por medio de ella pudiéramos realizar en provechode alguna inclinación y, si se quiere, de la suma de todas las inclinaciones.”

Vistos estos principios, Kant invita pues a formarnos el sentido de nuestros límites en el entendimiento apriorístico de una filosofía de la moral ajena a las cuestiones prácticas o concernientes a la experiencia, y a comprender que todo lo bueno, no puede sino venir de las apetencias de la razón movidas por la voluntad, más allá incluso de sus resultados. ¿Son esos límites tolerables para su Orden hoy por hoy?, ¿constituyen ellos principios que pueda un masón libre reconocer en su Templo y en la práctica de su rito?

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