Apuntes para entender la historia antigua de la Iglesia Católica (desde su origen hasta el Imperio Carolingio)

La historia de la Iglesia Católica es desde sus inicios la historia de sus cismas (J.Amado, El Cisma de Occidente y Oriente). No hay ni hubo nunca una Iglesia Católica, ni hubo ni hay ahora homogeneidad ni la posibilidad de un discurso único en la Santa Iglesia Católica. Su origen histórico es en sí mismo un cisma dentro del mundo judío.

Cuando Cristo fundó en Pedro su Iglesia, sus apóstoles eran judíos, religiosamente hablando, y sentían la pertenencia a los ritos de iniciación judía como una obligación que había sido profundamente arraigada por miles de años desde la entrega de la Torah a Mosiés. Dios había instalado en ella la forma de vivir que agradaba a sus ojos y que todo judío debía seguir. Es así que hasta el siglo I d.C., los judíos eran aceptados en las Sinagogas hasta la diáspora judía producida por la destrucción del segundo templo.

Para los judíos, las sectas al interior de su vida religiosa, eran una cuestión común en la época de Cristo y en el primer siglo después de su presencia. Esenios, Zelotas, Fariseos y entre ellos los Cristianos, eran parte de esas sectas religiosas que comúnmente eran aceptadas por el Rabinato de Jerusalém (algunas aseveraciones contrarias pueden encontrarse en libros de historia y es necesario permanecer abierto al juicio). La llegada de Pablo, Saulo de Tarso, y la organización del Primer Concilio de Jerusalém en el año 48 d.C. cambió definitivamente las cosas.

La historia de la Patrística, nos recuerda que la gran discusión se hizo entre Pedro y Pablo, acerca de quién era el destinatario evidente de la enseñanza de Jesús Cristo. Pedro, de origen judío, defendía la idea de que la iniciación judía (la circuncisión o Britmilá) era necesaria para acceder a ello, mientras que Pablo, de origen griego (Tarso) defendía la idea de que el mensaje de Cristo era universal y que por tanto los gentiles (probablemente la voz invocada era “goim”, que en hebreo significa “pueblos” y que en la tradición oral hace mención a todos aquellos que no son judíos) debían ser cristianizados.

Ahora sabemos que el cisma fue evitado por la inteligencia de Pablo (el Espíritu Santo podrían decir los creyentes) quien venció en su argumento y minimizó el apego a la ley mosaica, logrando universalizar el cristianismo, haciéndolo Católico (Hechos 15:1-35) Es necesario aclarar además que al momento del Concilio, las comunidades de Antioquía -en el área de la Grecia Oriental Alejandrina que hoy sería Turquía-, ya llevaban diez años de vida comunitaria en la tradición cristiana y que parece que la intervención de Santiago fue también decisiva. (Doctrina y acuerdo de los apóstoles – Concilio de Jerusalén, C. Salazar). Sin embargo algunas comunidades resistieron los acuerdos de Jerusalén y vivieron el primer cisma. Esas comunidades fueron conocidas como “ebionitas”.

Desde allí y en adelante la Iglesia Cristiana se extendió por los bordes del mediterráneo hasta llegar a Roma al finalizar el siglo primero, donde ya había una Sinagoga. Algunos historiadores sugieren que si se mapea la ubicación de las primeras comunidades cristianas a través de las cartas de Pablo a las comunidades de oriente, se podría observar que ellas ocupan el lugar que la cadena de distribución del trigo de Egipto al Imperio Romano administrada por comerciantes judíos. La propia organización del Imperio actuó entonces como un primer soporte de su expansión, mismo que la universalidad del griego en esa parte del Imperio desde la expansión alejandrina (Historia de la Iglesia, José Orlandis. Tomo I)

El hecho es que en oriente, estas primeras comunidades comenzaron a ser penetradas o sincretizadas por algunas manifestaciones religiosas, filosóficas y hasta metafísicas en las zonas donde vivían. San Juan el apóstol tomó, según relata en el libro de los Hechos el control de la evangelización en Asia Menor domiciliándose de hecho en Efesos. Su gran libro del Apocalipsis es un buen ejemplo de esa orientalización, pues tal cosa no proviene de la tradición judía, embrionaria de la doctrina cristiana sino de la influencia zoroástrica (La angustia del fin del Mundo o la Esperanza de mil años de felicidad. Emilio Carvajal en http://www.revistaacademica.com).

Para el fin del primer siglo después de Cristo, los cristianos habían producido por todas partes del mundo diversos escritos tanto sobre la vida de Cristo como de sus cercanos. Hubo entonces que definir qué libros estaban más cerca de la tradición oral y cuáles no, hubo que decidir cuáles de esos textos serían definidos como parte de la doctrina verdadera y cuáles no. Nacieron así los “evangelios apócrifos” como el resultado de una larga discusión al interior de los fundadores de la Iglesia, quienes en Hipo el año 393 y luego en Cártago en el 397 y el 419 d.C. confirmaron lo que hasta hoy se denomina el “Canon Alejandrino” de 46 libros del Antiguo testamento y 27 libros del Nuevo Testamento. (Breve Historia del canon Bíblico, Gonzalo Báez Camargo) (Enciclopedia Católica en http://ec.aciprensa.com)

El canon vino a cerrar una discusión que dio lugar a los primeros cismas de la iglesia naciente: en primer lugar las influencias del gnosticismo oriental que intentaban dar a los textos bíblicos una noción metafórica y consideraban que el Verbo o Logos sólo podía ser revelado al alma humana, negando con ello la condición divina de Jesús. El gnosticismo recibió diversos nombres, dependiendo del lugar donde se le ubicara y la cercanía con algún culto local. (Historia general del Cristianismo, John Fletcher y Alonso Ropero) En segundo lugar, el canon cerró filas entre los Padres de la Iglesia Católica para afrontar otra fuerza cismática proveniente desde oriente, el Maniqueísmo, una doctrina religiosa fundada por Mani o manes, una figura religiosa persa que concebía al mundo como una entidad dual irreductible en la que el alma era divina y por tanto santa, pero el cuerpo era satánico y por tanto malo. La divinidad del bien habría creado todo lo bueno, pero la divinidad del mal todo lo malo.(Enciclopedia Católica) El Maniqueísmo tuvo mayor éxito que el gnosticismo en su penetración y logró llegar hasta Roma antes de finalizar el siglo V donde fue fuertemente perseguida. (La persecución del maniqueísmo por León I, Raúl Villegas Marín)

Finalmente, la Iglesia católica debió hacer frente a la más influente doctrina de una escisión hasta entonces vista. El arrianismo. Los seguidores de Arrio, arzobispo de Argelia, negaban la figura divina de Cristo y penetraron con un enorme éxito en una Roma en disolución, a tal punto que los primero reinos germano romanos lo abrazaron con un éxito rotundo. La Iglesia Católica sólo sobrevivió gracias a su alianza con el Reino Franco gobernado en un principio por los reyes Merovingios y luego por la dinastía de Carlo Magno, iniciada por su padre Pipino el Breve tras la destitución del último de los Merovingios, Childerico III con la anuencia del papa Esteban II quien lo ungió en el año 754 para liberarse de la presión de los lombardos sobre los estados pontificios.

Desde allí y en adelante, la historia de la Iglesia Católica estaría sujeta a la historia del Imperio Carolingio, que venía a restaurar el orden en la Europa occidental. La sociedad quedó nuevamente sellada cuando León III coronó a Carlo Magno –hijo de Pipino- emperador del sacro Imperio Romano, imperatur agustus. La coronación significó el sacrificio del Imperio romano de oriente de unificar en el trono ambos imperio separado desde la época de Teodosio.

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