El Cáliz Amargo

masonic_tools                            Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz

Lucas. 22, 39-46

 Venerable Maestro, Queridos hermanos y Hermanas en sus Grados y Calidades,

La palabra Cáliz parece venir del griego KILIX, que denominaba en la antigüedad a un vaso con asas y un fondo casi plano en el que se bebía vino. El kilix griego se decoraba en su fondo con una imagen narrativa de modo que el bebedor podía ir prefigurando la historia en la medida en que terminaba su bebida. Por supuesto que la palabra tiene un sentido botánico pero en lo que a esta plancha se refiere, el cáliz amargo, la palabra hace referencia al kilix griego. Los romanos ocuparan una palabra de similar origen, calix, para denominar una copa, una tasa o una vasija donde se bebe un líquido.

Más tarde, en los primero años del cristianismo, el cáliz se empleó como un vaso en que el sacerdote bendecía el vino y lo transfiguraba en la sangre de Cristo. Según las investigaciones que he realizado, el cáliz cristiano se adornó con oro, plata y gemas hasta el siglo XIII, a partir de esta fecha se construirán sólo con metales menos valiosos.

Desde luego el cáliz más famoso es el que sirvió para que Jesús y sus discípulos celebraran la última cena de Jesús antes de su crucifixión. En la tradición judía, Jesús y sus discípulos debían celebrar Pesaj la celebración pascual que conmemora la liberación de la esclavitud egipcia.

Según la tradición cristiana Pedro habría trasladado el cáliz a Roma. Una historia llena de intrincados pasadizos transforma el cáliz en el Santo Grial, que en realidad era una bandeja más profunda para llevar frutas secas o carne. El responsable de este aparente cambio parece ser Robert de Boron, quien  transforma la idea original de Chrétien de Troyes para quien el Grial o graal en inglés antiguo es la bandeja con viandas que se lleva a la mesa. Según Boron, el Grial sería entonces un sinónimo del cáliz.

Desde allí entonces que las copas de valor, los actos de transición dolorosos, los momentos difíciles que exigen de nosotros  un sacrificio o los momentos de valentía y dolor, se denominan metafóricamente: cáliz.

Así, el cáliz masónico de la amargura que forma parte del rito de la iniciación cargado de simbolismo como está, representa un momento de transición, un momento de valor  y sacrificio. Platónicamente, el cáliz de la amargura llega a los labios del iniciado o iniciada en el extremo opuesto del oriente. Este último representa en ese momento la pureza ideal de los más altos valores fuera de la caverna, la realidad pura. La copa de la amargura en cambio, la última amarga falsa promesa del mundo profano que sólo a partir de ahora se transforma en amarga, agria y vacía.

Esta dualidad está representada en todo el templo, por doquiera que nuestra mirada se dirija, porque tal y como nos lo dijera uno de nuestros maestros en la última tenida de primer grado, el mundo se ordena entre opuestos para permitir la existencia del movimiento.

Entre los opuestos, nada tan propio como el cáliz de la amargura, cuyo polo sería el trago dulce del conocimiento. El primero le señala al iniciado que una vez hecha su promesa, rota ésta no hay más que amargura en la vida profana. La segunda, la promesa de lo que le espera de continuar en la senda de la labrar la piedra bruta y el cumplimiento de las promesas y deberes contraídos en logia.

El cáliz amargo representa también el estado de alerta para que el aprendiz no olvide sus promesas ni olvide aquello que dejó en la cámara de la reflexión. De otro modo, ¿por qué me lo ofrece quien me lleva de la mano en mi ceremonia de iniciación?, ¿Por qué me lo da en el momento en que estoy más entregado a él? Entiendo después parcialmente y mucho después de iniciado, el principio de la dualidad: me recuerda que en el mundo hay buenos y malos momentos, buenas y malas intenciones y que de eso, la masonería no está ajena ni ausente. Me recuerda que la vida está llena de satisfacciones y de desencantos y que el aplomo de mi persona como aprendiz, consiste en aprender a tomar todo como una lección en el camino del labrado de mi piedra bruta.

Aprender a transmutar aquello que el mundo sensible profano ha cargado en mí en un trago dulce parece completar la imagen de pares opuestos. Aprender con mis hermanos y hermanas de la cámara de aprendices a navegar por el océano de los conocimientos místicos es la invitación que me sugiere el cáliz amargo, sin negar la existencia del mundo profano sino más bien invitándome a colonizarlo con los aprendizajes hechos en la cámara.

El Cáliz amargo representa por último una constante remembranza de la importancia del sacrificio, porque en nuestras vidas y mundos, profano e iniciáticos, tiende a primar el dulzor o la neutralidad de las experiencias, mientras que el amargo, nos remueve y lleva a ese momento.

Traer al presente su amargor nos permitiría tal vez recordar la constancia del dulzor de nuestras vidas masónicas.

Es mi palabra Venerable Maestro

Santiago 14 de octubre de 2011 era vulgar

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